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En Valle Azul, a 78 kilómetros de General Roca, Río Negro, Noemí MaroneCinzano encontró un lugar perfecto para hacer vinos. 20 años después, Felipe Menéndez, choznonieto de Melchor Concha y Toro, winemaker y exintegrante de Catena, toma la posta. Por Andrea Albertano

El paisaje es de piedras, jarillas y coirones y un brillo especial sobre la barda cuando pega el sol. En la margen sur del río Negro, cinco hectáreas de vitis dieron vida a uno de los vinos más especiales y únicos de la Patagonia. Este preciado terroir, ubicado en la provincia de Río Negro, mayoritariamente de Malbec y también Merlot que se implantaron en 2002, es el sueño concretado por Noemí MaroneCinzano.

Allá por 1998, esta condesa italiana había llegado al Alto Valle junto a su socio y consultor enológico, Hans Vinding-Diers, con quien cofundó la prestigiosa bodega Noemía. El proyecto inicial fue a partir de un viejo viñedo de Malbec en la zona de Mainqué (Alto Valle), plantado en las décadas de 1930 y 1950.

Pero Noemí, que ya tenía experiencia en el ámbito de la vitivinicultura, se permitió soñar más. Ya se había hecho cargo del negocio del famoso vermú de su padre después de su muerte en 1990 y tenía viñedos en la Toscana. Pero al recorrer la Patagonia, ella y Hans vieron la chance de proyectar un viñedo en un lugar donde, hasta entonces, todo había quedado en la nada. En la margen sur del Río Negro, justo donde termina el Alto Valle y comienza el Valle Medio, está Valle Azul. Y allí comenzó esta historia.

En nuevas manos

Felipe Menéndez habla sobre el viñedo en Valle Azul y se emociona. Chozno nieto de Melchor Concha y Toro, quien comenzó su bodega en Chile en 1883, y tataranieto de José Menéndez, productor de lana y naviero de la Patagonia, mamó el amor por nuestro Sur. “Cuando me preguntaban qué quería ser cuando sea grande, yo decía ´quiero trabajar en el vino´. Y siempre supe que la Patagonia sería el lugar”, sostiene.

Felipe Menéndez, lleva la vitivinicultura patagónica en la sangre, es chozno nieto de Melchor Concha y Toro, quien comenzó su bodega en Chile en 1883, y tataranieto de José Menéndez, productor de lana y naviero de la Patagonia.

Su rama de familia chilena se instaló en Argentina en los años 70 y de lo último que se desprendió fue de la casa construida por Melchor en la localidad de Pirque, Puente Alto, Chile. Ese nombre hoy recobra importancia con este proyecto. “Nos íbamos en el verano a pasar las vacaciones y eran temporadas muy productivas”, cuenta Felipe.

Un día, conoció a Nicolás Catena, y sin ningún tipo de timidez se acercó para decirle: “Mi sueño es trabajar en el vino y mi sueño es trabajar con usted”. Catena vio su entusiasmo y así comenzó una relación de discípulo y mentor que hoy cobra un nuevo carácter.

Sin embargo, cuando estaba por cumplir 29 años, Felipe le contó al Dr. Catena que su sueño era un proyecto en la Patagonia. “Todo comenzó porque probamos un vino que nos trajo un enólogo al grupo y quedamos fascinados. En la etiqueta mencionaba un sitio: Valle Azul. Se lo llevé a Catena quien me dijo que investigáramos este lugar. Durante 10 años, exploramos la Patagonia, de norte a sur. De todos los viajes, concluimos que nos gustaban varias cosas pero siempre terminábamos en Valle Azul. Bautizamos a esa zona Ribera del Cuarzo por cómo brillaba el suelo a raíz del mineral que baja rodando, se deposita al pie de la barda y el viento lo esparce”, cuenta Felipe.

Todo su relato muestra que Valle Azul estaba destinado en su vida. En 2016, cuando quería lanzarse a su proyecto propio y buscaba comprar una fracción de campo, tuvo otro encuentro providencial. “En una cena, en Nueva York, estábamos con el barón Eric de Rothschild, dueño de ChâteauLafite que está casado con una italiana, íntima amiga de Noemí Cinzano que también estaba. Allí le conté de mi familia y mi proyecto en Patagonia y ella me pidió que vaya a conocer su bodega”, relata.

Luego de esto, sellaron un acuerdo que le permitió administrar el viñedo y la bodega durante un tiempo y empezaron a elaborar vino. La primera cosecha fue la de 2018. “Me acuerdo de la mañana en que fuimos con Nesti (Ernesto NestiBajda, director enológico, también de Catena Zapata) a probar nuestros primeros vinos. Nos miramos y dijimos: ´Esto es espectacular´. Después, cada cosecha tuvo su sello”, resume.

“Actualmente tenemos 27 hectáreas de pie de la barda que utilizan suelo tan particular por sus altísimos componentes de carbonato de calcio y sin ninguna protección contra los vientos. Es cierto que las hojas se lastiman bastante pero creemos que este viento es una agresión de la que las plantas pueden recuperarse. Entendemos que al secarse toda la piel de la uva, en su fenómeno natural de subsistencia, se ve obligada a producir más contenido de protección para su descendencia. Y eso las hace únicas”, revela.

Vinos con nobleza

El lugar con el que soñó Noemí Cinzano no solo se caracteriza por su relieve, suelo y particularidades del terroir sino también porque allí construyó una casona que mira al valle donde por estos días vive Felipe con su familia. Pero, además, allí la condesa realizó una obra considerada revolucionaria. “Este lugar nunca fue productivo –recuerda Felipe- porque no había agua allá arriba. Pero Noemí, como buena romana, mandó construir un acueducto para sacar agua del río Negro y trasladarla hacia arriba”.

Sin embargo, cuando llegó Felipe y empezaron a trabajar con una idea sustentable, entendieron que esa forma de riego era extremadamente costosa. En ese momento -y una vez más-, la buena fortuna volvió a sonreírle a Felipe. Tras un viaje a caballo por la ribera sur del río Negro, conoció a un lugareño, descendiente del cacique Catriel, quien le reveló que allí en el viñedo había agua subterránea, algo que ellos desconocían. Días más tarde, esta persona visitó Valle Azul, juntó unas varitas de sauce en la ribera del río, caminó entre vides y por la barda y marcó seis lugares. “En 4 hay mucha agua”, le confirmó. Y así fue.

Hoy el viñedo, se irriga con agua propia, lo que los llevó a completar la apuesta por Valle Azul. “En 2021, compramos unas 360 hectáreas que están al lado de la finca. Por eso a este año, lo llamamos el año de la confirmación”.

Respecto a los vinos, Ribera del Cuarzo allí elabora varias etiquetas: Araucana Río de los Ciervos Malbec y PinotNoir, elaborados con uvas provenientes de ocho viñedos antiguos de productores de la región; Araucana Malbec, Araucana Azul y Ribera del Cuarzo Parcela Única, elaborados con uvas provenientes del viñedo Araucana, al pie de la barda. AdriannaCatena, hija de Nicolás y quien da nombre al principal viñedo de la bodega Catena Zapata, es socia de Felipe en Ribera del Cuarzo. Juntos definen el corte de los vinos; en otras palabras, definen el sabor.

El clima tan frío, los vientos fuertes, más horas de sol se conjugan para una combinación “atómica” según clasifica Felipe: “acá tenés potencia y frescura. Esto se debe al suelo y en el ambiente hay mucha luz pero también frío, además de pocas lluvias, suelos con potasio volcánico que da fuerza y carbonato de calcio que ofrece PH bajo. Son vinos muy frutados, ricos en carga aromática y sabor y al mismo tiempo, suaves”, resume.

Con la mirada en el futuro, hace unos meses Felipe y Nestirealizaron en España, específicamente en La Rioja Alavesa, la ResidenceWine. Fueron los primeros argentinos en participar de este rico intercambio. Su objetivo fue estudiar la garnacha blanca ya que tienen planes de implantarla en Valle Azul. “El año próximo vamos a plantar 6 hectáreas con esta variedad. Viajamos a elaborar con ellos para entenderla. Es una gran apuesta”.

Hoy Bodega Ribera del Cuarzo, el proyecto de Felipe Menéndez, honra este rincón escondido de singular belleza de Río Negro. Ese mismo que descubrió hace 20 años una condesa italiana.


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