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Desde el primer modelo francés hasta los experimentos estilísticos actuales y la exploración de nuevos terruños, la viticultura española se ilustra a través de estas destacadas añadas, orgullo de un viñedo que afirma su independencia. Por Pierre Citerne para larvf.com

El vino como en el arte, ¿porque no? Aunque a alguno no le resulte simpática la idea, podemos permitirnos jugar un poco con la imaginación.

Vélasquez, Ribera, El Greco, Murillo, Goya, Picasso, Dalí… Hay en la pintura española una expresividad, una violencia, una necesidad de afirmación que pocas veces encontramos en la pintura francesa, flamenca o italiana, como necesidad vital para afirmar la singularidad de su genio. Un “rechazo al clasicismo”, ha dicho el historiador Bartolomé Bennassar, especialista en la España moderna y contemporánea, y reconocido crítico torero.

¿Sería igual para sus vinos? España necesita botellas que sean iconos para afirmar al mundo su existencia, nacional o en ocasiones regional, por su placer y por su grandeza. La función de representación, función icónica, sagrada, existe desde el principio en la relación que Las empresas mediterráneas mantienen con el vino. En España parece exacerbarse. El consumidor casi se convertiría en un celebrante. Debe ser raro, es mejor si es caro. En resumen, el vino necesita ropas de luz.

En el Siglo XIX, el modelo del gran vino francés. Es el que los aristócratas y estetas españoles intentarán importar a su país. Hoy, aunque las técnicas y las ideas provenientes de Francia continúan irrigando las nuevas exploraciones del vino español, el informe es diferente. 

A diferencia de los viticultores franceses, a veces abrumados por el valor especulativo de sus vinos pero que siguen comercializándolos a precios “razonables” para no perder su clientela histórica (estamos pensando por supuesto en nombres como Coche-Dury o Overnoy), que esperan en el como mínimo, que el mercado responda antes de subir sus precios, parece que los productores españoles se inclinan desde el principio a crear vinos muy caros, “super premium”. En esto, España parece mucho más cercana al Nuevo Mundo que al modelo clásico europeo.

Un toque de megalomanía

No es necesariamente un mimetismo, es quizás la conciencia de su talento, un toque de megalomanía, como ocurre con sus grandes artistas. Pensamos en Picasso respondiendo al posadero pidiéndole que firme el boceto que acababa de hacer sobre el mantel: “Yo pago la cuenta, no compro el edificio”.

Este “ascenso a la luz” de determinadas añadas refleja un éxito social y económico, como el del Priorat, reinventado para ilustrar el milagro económico catalán, para responder, para dar cabida a las famosas etiquetas de Rioja y Castilla, en un afán de afirmación cultural y incluso la independencia política. En la España del vino, las cosas están cambiando rápidamente, quizás el tren esté corriendo. Al igual que con la promoción de las variedades de uva autóctonas y el surgimiento de los vinos “naturales”, el país lo está haciendo mejor que ponerse al día, está trabajando duro.

Una herencia vitivinícola finalmente reconocida

En un momento en el que se multiplica el número de añadas de prestigio, hemos optado por centrarnos en las más significativas. Para entender su advenimiento, pensar que su aparición en tres periodos: antes de la Movida, del Siglo XIX a la década de 1970; luego, el despertar general a la modernidad, las ambiciones globales, que caracterizarán los años ochenta y noventa; finalmente la década del 2000 y más aún el 2010, que engendra una gran diversificación de estilos y palabras, marcada por la reconquista territorial y ampelográfica de un patrimonio vitivinícola cuya extensión nunca sospechamos.

No buscamos la exhaustividad, sino referentes, añadas que han marcado su tiempo o que nos han marcado a nosotros, ilustradas por añadas contemporáneas y otras que han pasado, a menudo con brillantez, la prueba de los años.

L’Ermita de Álvaro Palacios es uno de los mejores vinos de la D.O.C. Priorat. Una bodega joven que ha optado por la sostenibilidad y la producción más tradicional.

Veinticinco etiquetas presentadas en el orden cronológico de su creación, desde 1870 hasta 2014. Aficionados o productores franceses, solemos observar las grandes añadas españolas como bestias curiosas, mientras que los grandes amateurs y los productores que cuentan en España se alimentan desde hace casi dos siglos de modelos franceses.

Quizás deberíamos mirar a nuestro paso por los Pirineos, reconoceríamos allí el origen de las variedades de uva que elaboran nuestros grandes vinos del Sur (el trío Garnacha, Cariñena, Mourvèdre); También veríamos que, durante varias décadas, los poderes públicos en España, contrariamente a lo que vemos en Francia, han reconocido sistemáticamente el valor cultural y patrimonial del vino.

El vino más caro del mundo

El vino más caro del mundo es una edición especial de la botella de la serie oro de las bodegas, cuyo precio ronda los 25.000 euros. Se trata de “una producción única limitada a un máximo de 300 botellas al año, obtenidas de vides de más de 100 años de variedad autóctona Cencibel”, destacan en la web oficial. Por otra parte, el precio de las botellas de la serie de plata es de 1.250 euros y anualmente se elaboran un máximo de 6.000 botellas.

Entre los secretos de estas bodegas para lograr la calidad de sus vinos está el tratamiento. “Todos los aplicados son de investigación propia y van mucho más allá de lo ecológico“, 

La persona que está detrás de la creación, es Hilario García, un empresario que siempre ha estado vinculado a las viñas y que en 2009 lanzó su primer vino a la vez que comenzaba a construir la bodega AurumRed, según informan desde Business Insider

“AurumRed es el único vino en el mundo que girando la copa en el sentido de las agujas del reloj tiene un sabor y aroma distinto, que si lo hacemos después en sentido contrario”, señala el empresario, quien añade que sus vinos nunca se avinagran y en el proceso de elaboración no se utiliza ningún componente químico.


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