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Desde el INTA argentino y desde WofA en Londres creen en el potencial exportados de los productos vínicos de las cepas autóctonas de América. Un estudio de un equipo de ampelógrafos realizó un análisis de ADN y clasificación de uvas autóctonas de Argentina conocidas como Criollas. Según expertos, el consumidor europeo está maduro para probar lo nuevo y lo distinto.

Hablando durante un seminario web realizado por Wines of Argentina, el Ing. Agrónomo Jorge Prieto dijo que los hallazgos de su equipo demostraron que había mucha más variación en la “familia” Criolla de lo que se pensaba. En realidad, la aseveración del ingeniero agrónomo e investigador del INTA (Instituto Nacional de Agricultura de Argentina) ya no es una sorpresa, es parte del proyecto que busca hace más de seis años recuperar y valorizar las variedades autóctonas de vid de la Argentina y también de otros países de la región.

Criolla es el término para una familia de uvas que están relacionadas con las primeras variedades traídas a la Argentina por los misioneros españoles. Las vides se llevaron por primera vez a Argentina en 1557 y, durante los siguientes tres siglos, las uvas más plantadas como Criolla Chica (también conocida como País o Mission), Moscatel de Alejandría, Criolla Grande, Cereza y Torrontés fueron las más plantadas.

Uvas “Criollas”. Una gran familia que se adaptó al clima y a las tierras donde están hace poco menos de 400 años. ¿Qué más se puede pedir? En Europa las comienzan a mirar con otros ojos.

Sin embargo, tras la llegada del agrónomo -arboricultor y apicultor- francés Michel Pouget, que en 1853 cuando fue contratado por el gobierno de Mendoza trajo -entre cientos de especies animales y vegetales- más de 100 variedades de uva europeas a la Argentina, y a partir de allí fue cuando las uvas Criollas comenzaron a ser reemplazadas.

Sin embargo, Prieto -junto con investigadores de distintas disciplinas estudian las características enológicas y agronómicas de las variedades autóctonas- dijo que todavía representan el 30% de la superficie de viñedos de la Argentina. 

Radicado en Mendoza, ha estado trabajando en un estudio tanto de Criollas conocidas como de muestras que aún no se han identificado. De 50 muestras de vid diferentes o accesiones, su equipo encontró que 37 eran variedades diferentes y 18 nunca habían sido genotipadas antes, y no aparecían en ninguna de las bases de datos globales de vid. A partir de toda esa evidencia, el agrónomo y su equipo concluyeron que esas cepas eran exclusivas de la Argentina.

Claro, antes de comenzar el estudio, se creía que la mayoría de Criollas eran el resultado de cruces entre Criolla Chica y Muscat de Alejandría. Sin embargo, el estudio del INTA encontró una variedad de padres diferentes. Como es lógico, más allá de las sospechas, la conclusión científica resultó una gran sorpresa.

Trabajando con equipos en Chile, México, Perú y Bolivia, el equipo ahora está plantando las variedades de uva y evaluando sus propiedades de aroma y sabor. También hay trabajo para documentar cómo se han adaptado a las condiciones en las que se han cultivado. “Entre los nuevos cultivares evaluados, existe una gran variabilidad en términos de peso de la baya, acumulación de azúcar, potencial aromático y fenólico” explicó el Jefe del proyecto.

“Algunas de estas variedades se han adaptado a diferentes ambientes, por ejemplo Cereza es muy resistente a la salinidad, por lo que también hay algunos estudios para ver cómo pueden adaptarse al cambio climático. Creemos que deben cultivarse por separado para crear vinos y determinar su tipicidad ”, agregó.

Señaló que las Criollas blancas también pudieron mantener niveles bajos de pH en sus uvas mejor que otras variedades europeas plantadas en la misma zona.

Sello Criolla

En ese sentido, el agrónomo y científico, Jorge Prieto afirmó dijo que estaba trabajando con productores en la Argentina para desarrollar un sello o denominación para indicar los vinos que se han elaborado con uvas Criolla.

“El sello aparecería en las botellas … y actuaría como una certificación de que el vino proviene de un viñedo protegido y de una variedad Criolla, que el viñedo ha sido recuperado, está en peligro o que el enólogo está trabajando para conservarlo”, dijo.

Aunque no es oficial, el equipo de Prieto desarrolló un logo y registró la marca en Argentina. “Estamos acá en casa para avanzar más el próximo año”, dijo y agregó que “agregará valor al vino y a sus viñedos”.

En el mismo sentido, el empresario inglés Phil Crozier, embajador europeo de Wines of Argentina y dueño de la cadena inglesa de restaurants Gaucho, dijo que estaba en todo de acuerdo con el proyecto.

“Me gusta mucho la idea de este sello en la etiqueta y la conservación de estas variedades antiguas”, dijo y agregó también que “van a resultar muy atractivos, en términos de marketing, para los consumidores, especialmente para los jóvenes. A estos consumidores les gusta conocer la procedencia y probar cosas que son únicas y diferentes”.

La palabra de Crozier sin dudas es importante, no solo como embajador de los vinos del país sino además como un gran conocedor del gusto de los consumidores y en particular de los consumidores de vino. “Para mí, la etiqueta es clave para exportar estos vinos. Es una historia fantástica que va más allá de lo que la gente sabe sobre la Argentina. Creo que Chile debería hacerlo, es más, creo que el resto de Sudamérica también debería hacerlo ”.

Potencial

Tradicionalmente utilizadas para producir vinos afrutados de gran volumen, la mayoría de las variedades Criolla no han sido tratadas con el respeto que se otorga a las uvas reconocidas internacionalmente. La mayoría de los vinos elaborados con estas uvas siguen vendiéndose en el mercado nacional.

Crozier, sin embargo, dijo que la categoría está ganando “mucha tracción” y cree que hay un gran potencial para tales variedades y por lo tanto un enorme potencial en el mercado de exportación.

“Los enólogos jóvenes quieren preservar la historia de Argentina”, dijo. “Cuando hablamos de Argentina, por lo general solo nos remontamos 25 años porque eso es todo lo que sabemos: los primeros vinos llegaron al Reino Unido a principios de la década de 1990”.

En la Argentina hay cada vez más productos con la denominación “Criolla”, todos muy
distintos, muchos de ellos de una gran calidad.

Dijo también que ahora hay un movimiento entre la generación más joven de enólogos para ir más atrás en el pasado y conservar los viñedos abandonados. Esto es particularmente apremiante ya que un estudio del Instituto Nacional de Viticultura (INV) de Argentina encontró que las variedades que habían perdido la mayor cantidad de hectáreas entre 2000 y 2018 fueron Criollas como Criolla Grande, Pedro Gimenez y Cereza.

Alistair Cooper MW cree que el estilo de los vinos producidos, con un cuerpo ligero y un toque frutal, es lo que el mercado está pidiendo y da un consejo para la industria diciendo que “probablemente es hora de que detengamos esta tontería sobre las variedades de uva nobles. Estas variedades autóctonas están mucho más a la par de lo que la generación más joven quiere tener en su mesa. No es necesario que sean vinos complejos todo el tiempo. De esta manera estamos más cerca de beber un vino como lo solíamos hacer hace un tiempo atrás”.

Problema de etiquetado 

Un obstáculo que debe superarse antes de comenzar un proceso de exportación generalizada es el etiquetado. Muchos de los vinos tintos elaborados con Criollas simplemente se etiquetan como “Criolla” sin hacer referencia a la variedad específica de la que se elaboran.

Aún más confuso, las uvas blancas elaboradas con Pedro Giménez a menudo se etiquetan como Pedro Ximénez, una uva utilizada en la producción de Jerez. Si bien ambos comparten la herencia española y hasta se escribe muy muy parecido, Prieto expone datos que afirman -para sorpresa de más de uno, allá en Europa y acá en América también- que las uvas no están relacionados y son “totalmente diferentes”.

Phil Crozier, Ambasssador de WofA, un gran conocedor del vino argentino en Londres.

Crozier admite que es una situación difícil. Sugirió que podría haber “vergüenza” en torno al término y a la uva denominada Giménez porque tradicionalmente se la consideradaraba una variedad inferior.

Ex director de vinos del grupo de restaurantes Gaucho de Londres, dijo que la historia de las variedades de uva cambia con frecuencia. Crozier le contó a The Drink Business que “estuve haciendo listas de vinos durante 20 años. El Torrontés -por ejemplo- era una uva de Galicia hasta hace una década. Luego se convirtió en la uva nacional de Argentina ”.

Sin embargo, cree que los exportadores deberían insistir en usar la G en lugar de la X cuando los productores etiqueten la variedad blanca, de acuerdo a los expertos y conocedores de los consumidores europeos, están listos para comprender que no todo es como nos contaban, que las cosas cambian, que las uvas se adaptan al terroir y por sobre todo al clima y al medio ambiente en el que crecen y maduran.

Las cosas cambian, ya no todo es igual, aparentemente los consumidores están listos para asumirlo y, lo más importante, para probarlo, consumirlo y hasta para hacerlos propio.


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