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Solo hay algo que no conviene mencionarles a los franceses: el “Juicio de París”. Por The Economist

“MAYDAY” viene del francés m’aider (ayúdenme). Pero nadie en el mundo del vino, tan rígido en sus formas, esperaba un desastre aquel soleado día de mayo de 1976. Las grandes figuras y las mejores narices del vino francés habían sido invitadas por Steven Spurrier, un comerciante de vinos inglés, para juzgar una cata a ciegas. Spurrier buscaba publicidad para su tienda y su escuela de vinos en París. Para celebrar el bicentenario de Estados Unidos, rastreó algunas botellas de jóvenes y desconocidos productores del Valle de Napa, en California, y las puso frente a etiquetas consagradas de Burdeos y Borgoña. Tanto Spurrier como los jueces daban por hecho que los vinos franceses ganarían con facilidad. Francia era “la indiscutible señora de la vid”, según el World Atlas of Wine (1971), que le dedicaba 73 páginas y solo ocho a California.

Pero hace 50 años, el 24 de mayo, ocurrió lo impensado. Vinos tintos y blancos de Napa elaborados al estilo francés —una botella de Stag’s Leap y otra de Chateau Montelena, ambas cosecha 1973— ganaron la cata, ubicándose por encima de nombres tan célebres como Château Mouton Rothschild y Château Haut-Brion. A diferencia del mítico Juicio de París que desencadenó la guerra de Troya, estas uvas doradas no provocaron un conflicto bélico, pero sí encendieron una guerra dialéctica. Un funcionario francés del vino describió más tarde la degustación como “nuestra Waterloo”. Primero, los franceses culparon a los jueces. También, como de costumbre, culparon a los ingleses. “Perfidious Albion” (Pérfida Albión) fue como un productor lo llamó a Spurrier en la cara; otros lanzaron insultos menos literarios a sus espaldas. (En 2008, Alan Rickman interpretó a Spurrier en “Bottle Shock”, la versión hollywoodense de la cata).

El Juicio de París fue el disparo que se oyó en todo el mundo del vino. La victoria de Napa tuvo dos efectos tamaño “Nebuchadnezzar”. Primero, desató la demanda de vino californiano dentro y fuera de Estados Unidos. El volumen de botellas de vino norteamericano exportadas se multiplicó por más de cinco entre 1975 y 1980. Segundo, les dio confianza a los productores del “Nuevo Mundo”, incluyendo a Argentina y Australia. “No hay un hecho más influyente en el mundo del vino, jamás”, afirma Juan Muñoz-Oca, director de la bodega Stag’s Leap. Hoy, las dos botellas ganadoras pueden verse en el Museo Nacional de Historia de Estados Unidos del Smithsonian, donde también se exhiben el uniforme de George Washington y la bandera original de barras y estrellas.

Mucho se puede leer en la forma en que ambos países conmemoran el 50º aniversario de aquella cata. Stag’s Leap y Chateau Montelena están organizando eventos en todo el mundo y sirviendo degustaciones de aquellas añadas legendarias. (Los vinos de 1973 de Stag’s Leap y Montelena salieron al mercado con un precio de 6 y 6,50 dólares, respectivamente, algo así como 35 a 38 dólares actuales. Hoy, una sola botella cuesta miles de dólares, si es que se consigue). Y siguiendo la observación de Ralph Waldo Emerson de que “la música y el vino son uno”, en julio se estrenará en Napa una nueva ópera de un solo acto basada en la famosa cata.

En Francia no habrá canciones ni espectáculo. Si se les pregunta a los productores con qué frecuencia se habla del Juicio de París, dirán que casi nunca. (Aunque también señalarán que, en promedio, los vinos franceses obtuvieron mejor puntuación que los de Napa. Y que además envejecieron mejor).

El componente competitivo de la cata oculta un hecho clave: en las décadas posteriores al Juicio, tanto los vinos estadounidenses como los franceses vivieron un boom, con nuevos mercados y una nueva clase media de consumidores de vino. Cincuenta años después, el escenario es menos cordial. El consumo de vino está cayendo, con la Generación Z y los baby boomers por igual inclinándose a beber “menos pero mejor”. Después de haber estado asociado con la salud cardiovascular, ahora el vino ocupa el corazón y la mente de las autoridades sanitarias, que sostienen que ningún nivel de consumo de alcohol es seguro. El vino está siendo “puesto en la misma categoría que la prostitución y las drogas”, se queja Stéphanie de Bouard-Rivoal, de Château Angélus, una bodega de primer nivel en Saint-Émilion.

Hoy, los productores de Burdeos hablan abiertamente de la crise (la crisis). “Bastante mala” es la expresión con la que Bo Barrett, quien dirige Chateau Montelena, describe la situación en Napa. En ambas regiones se están arrancando viñedos, porque la oferta de uvas supera la demanda. Francia y la Unión Europea han comprometido alrededor de 250 millones de euros (unos 290 millones de dólares) para la erradicación de vides.

De todas las regiones vitivinícolas del mundo, Borgoña es la que mejor ha salido parada. Con aproximadamente un tercio del tamaño de Burdeos, es más pequeña, menos corporativa y más codiciada por los conocedores. Sus vinos —tintos elaborados con Pinot Noir y blancos con uvas Chardonnay— presumen de elegancia y fineza. (Los tintos de Burdeos se basan en Cabernet Sauvignon y Merlot). La rareza, exclusividad y, en ocasiones, precios astronómicos de Borgoña han llevado incluso a millonarios a quejarse de que ya no pueden darse el lujo de beberla. En Liv-ex, una bolsa de intercambio de vinos, la participación de Borgoña en las ventas ha subido hasta alrededor del 23%, más del triple de lo que era hace diez años.

Burdeos y Napa, en cambio, están atravesando “crisis económicas” y se encuentran “en un punto de inflexión”, afirma William Kelley, editor en jefe de The Wine Advocate. Sin embargo, las causas de su sufrimiento son distintas. Burdeos está “pagando las travesuras del pasado”, dice Omri Ram, de Château Lafleur, es decir, haber producido una “burbuja” de demasiado vino que se “vendió por las razones equivocadas a los clientes equivocados”. Los compradores chinos se habían lanzado con sed a por las etiquetas de prestigio de Burdeos, hasta que Xi Jinping condenó los regalos lujosos y las ventas se frenaron. Eso dejó a los productores, que venían subiendo precios, vulnerables a un desplome de la demanda.

El sistema en primeur que regula la venta de los vinos de Burdeos también ha alimentado la crise. Este esquema facilita las preventas de nuevas añadas, lo que entrega efectivo a los productores por cajas que se entregarán años después. Con el precio de añadas más antiguas hoy comparable o incluso inferior al de los nuevos lanzamientos, los compradores están menos dispuestos a lanzarse sobre vinos jóvenes que requieren guarda y almacenamiento. Se ha creado un círculo vicioso, especialmente para los vinos de gama media y baja. El mes pasado, las bodegas celebraron sus degustaciones anuales en primeur y el clima fue tenso. Algunos advierten que el sistema en primeur podría dejar de existir.

Los bodegueros de Napa se sienten presionados por otros motivos. En las últimas décadas redoblaron la apuesta por el mercado estadounidense, vendiendo a los baby boomers a precios altos en lugar de priorizar una presencia global. Pero esos consumidores están envejeciendo y compran menos. Además, el mercado internacional más importante para Napa, Canadá, prácticamente desapareció: las ventas de vino estadounidense allí cayeron cerca de un 80% en 2025, después de que la mayoría de las provincias prohibiera el alcohol estadounidense en represalia por los aranceles.

Los costos de operar en California (como en Francia) producen una resaca financiera, al igual que la burocracia. “Es difícil para los pequeños productores mantenerse en el negocio, así que terminan siendo devorados por grandes compañías vinícolas”, señala Juan Muñoz-Oca. Stag’s Leap es un ejemplo claro: la firma italiana Marchesi Antinori tomó el control total de la bodega en 2023.

También cambiaron los gustos. Napa atravesó una “Cabernetización”, al perseguir las altas calificaciones y los elevados precios de los grandes tintos. Sin embargo, los consumidores se han alejado de ese estilo de vino tinto tipo “camión monstruo”, como lo describe Kelley. La cocina se ha vuelto más ligera y la gente busca tintos más equilibrados y con menor graduación alcohólica.

Tanto Napa como Burdeos están intentando adaptarse a su nueva realidad. Los consumidores abren las botellas más jóvenes, por lo que “tratamos de hacerlas más accesibles”, explica Blandine de Brier Manoncourt, copropietaria de Château Figeac en Burdeos. Algunas bodegas, entre ellas Château Angélus, han lanzado vinos de gama más baja para atraer a consumidores más jóvenes. Su Tempo d’Angelus 2023 se vende a unos 22 euros la botella, aproximadamente una vigésima parte del precio de su etiqueta insignia. Hoy la competencia ya no es entre Estados Unidos y Francia. Es entre el vino y todo lo demás.


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