La visita anual de Tim Atkin MW a la Argentina se convirtió en uno de los rituales más esperados por bodegas, importadores y consumidores de todo el mundo. Este año, el crítico británico llegará para su 16° tour por Argentina, con una agenda que impresiona en cualquier mercado: 25 días de trabajo, 52 bodegas visitadas, 93 degustaciones one‑on‑one y la evaluación de más de 1.200 vinos de todas las regiones productoras del país, desde Patagonia y Buenos Aires hasta el Norte, con regreso a Salta después de seis años.
Mientras el mundo se debate entre el no consumo de bebidas con alcohólicas y el consumo de vinos de menor graduación, las cifras que ofrecen las grandes entidades del vino a nivel internacional y local siguen siendo preocupantes.
Algunos hablan de crisis de la industria, otros de crisis del consumo y también de la premiumización, de mejor calidad de consumo, precios suntuosos, sustentabilidad y no faltan aquellos que creen que es el fin y que de ahora en más será un negocio para apenas unos pocos.
Mientras se hablan muchas “cosas” con poco sentido y seriedad, el crítico británico llegará para su 16° tour por Argentina para luego continuar con su trabajo por Chile y Uruguay donde se lo espera con igual o mayor expectativa. En paralelo, el consumo de vino cae a nivel local y global. La pregunta es inevitable: ¿hasta qué punto esta enorme expectativa por sus puntajes es una palanca real para la industria o un consuelo en un mercado cada vez más chico?
Un segundo hogar, en el año más incómodo
La gira de Atkin, organizada por Wines of Argentina (WofA) entre el 10 de febrero y el 7 de marzo de 2026, es parte del plan de la institución para traer al país a los principales críticos y “influencers” del vino y mostrar diversidad, calidad y presente de la vitivinicultura nacional. El propio Atkin lo asume con tono afectivo y, al mismo tiempo, realista:
“Mi visita anual a Argentina es algo que siempre espero con ilusión, es un país que se ha convertido en mi segundo hogar”.
Pero enseguida pone el contexto sobre la mesa:
“Sé que no es un momento fácil para los productores de vino, y no solo en Argentina, pero creo que aún hay motivos para el optimismo. Puede que la gente esté bebiendo menos, pero creo que está bebiendo mejor”.

Ahí aparecen las dos tensiones centrales del negocio hoy: menos volumen, más exigencia. Y justamente por eso, los números de su reporte pesan tanto en la conversación comercial.
En su informe 2025, Atkin degustó 1.730 vinos de 299 productores y puso en vidriera una cifra que alimenta la ansiedad de toda la cadena:
- 1.314 vinos obtuvieron 90 puntos o más,
- 170 vinos superaron los 95 puntos,
- 5 vinos llegaron a 98 puntos,
- y 3 etiquetas alcanzaron los 99 puntos.
En un mercado local que bebe menos y una exportación en pleno retroceso, cada punto se lee como una posible ventaja competitiva, un argumento más para sostener precios o entrar a una carta.
Una radiografía federal en tiempos de contracción
La agenda 2026 está diseñada para reforzar un mensaje: el Vino Argentino es más que Malbec mendocino de altura. Atkin comenzará en Buenos Aires, con degustaciones uno a uno de proyectos de Patagonia, Córdoba, Buenos Aires, Catamarca y La Rioja, una vidriera clave para regiones que suelen quedar afuera del radar internacional.
Luego viajará a Mendoza, con foco en la Primera Zona y el Valle de Uco, e incluirá una degustación especial con bodegas de San Juan y San Rafael. El cierre será en el Norte, con visita a Cafayate y una degustación con bodegas de Jujuy en la ciudad de Salta, su primer regreso a la región en seis años.
El propio Atkin destaca el peso específico del Norte:
“Este año volveré al norte de Argentina, una región que ‘impacta por encima de su peso’, como decimos en inglés, y tiene una cultura muy diferente a la del resto del país. Tengo muchas ganas de ver cómo se han desarrollado algunas de las nuevas zonas de altura y de probar los vinos locales, especialmente los de Malbec, Tannat y Torrontés”.
Además de las catas con productores, evaluará 300 vinos en instancias sin presencia de bodegas, lo que garantiza –al menos en términos de formato– un análisis técnico más frío y consistente.
Cuando todos esperan el veredicto: ¿bendición o dependencia?
En un país con bodegas grandes, medianas, boutique y microproyectos de garage, el lugar de Atkin es paradójico. Soledad Juncosa, Hospitality Manager de WofA, lo reconoce al hablar de la agenda que le armaron:
“La agenda de Tim Atkin es un programa integral que ofrece diversas instancias de participación con una gran representatividad de bodegas de diferentes escalas y regiones vitivinícolas del país, una oportunidad clave para pequeños productores que buscan aumentar su visibilidad y conectarse con la prensa especializada”.
Para esos pequeños y medianos jugadores, una buena puntuación puede significar:
- acceder por primera vez a importadores de EE.UU. o Europa,
- entrar a la lista de compra de un monopolio escandinavo o canadiense,
- o simplemente sostener precio en góndolas locales frente a un consumidor que compra menos botellas y compara más.
Pero la contracara es evidente: cuando tanto valor simbólico y comercial se concentra en un número y en un solo crítico, la industria corre el riesgo de confundir el mapa con el territorio. Es decir, de adaptar estilos y decisiones agronómicas o enológicas para “gustarle a Tim” antes que para responder a la diversidad de mercados y paladares. En un mundo donde el consumo global de vino cae y las preferencias se fragmentan, depender demasiado de un único termómetro puede ser cómodo, pero también peligroso.
¿Sirve la fiebre de los puntos en un mercado que bebe menos?
Atkin lo dijo sin rodeos: “Puede que la gente esté bebiendo menos, pero creo que está bebiendo mejor”. Esa frase captura la lógica de la premiumización defensiva con la que hoy operan muchas bodegas argentinas:
- vender menos volumen,
- a mayor precio por botella,
- apoyadas en puntajes altos, storytelling y certificaciones.
En los mercados maduros, donde el consumo per cápita de vino lleva años en baja, este juego tiene sentido: hay nichos de consumidores dispuestos a pagar más por vinos bien puntuados y de origen claro. Para ellos, el reporte de Atkin funciona como una guía de compra y, para las bodegas, como una tarjeta de presentación.
En el mercado interno argentino, donde el precio de la uva se discute como una tragedia griega, con salarios golpeados y un consumo que se desplaza hacia formatos más económicos o incluso hacia otras bebidas, el efecto es más acotado: los puntajes ayudan en la franja alta y en el canal especializado, pero difícilmente compensen la caída estructural de litros.
En un contexto de inflación y caída de poder adquisitivo, el consumidor medio mira más el precio que la calificación, salvo en ocasiones especiales o en zonas geográficas donde el ingreso per cápita no se asemeja en nada al del consumidor medio.
Valor real para la industria: sí, pero con condiciones
¿Es un valor para la vitivinicultura argentina que exista tanta expectativa por el trabajo de Tim Atkin? Sí, por varios motivos:
- Visibilidad internacional: pocas acciones dan una foto tan amplia (más de 1.200 vinos, todas las regiones, 52 bodegas visitadas) y una narrativa tan consolidada hacia el exterior.
- Herramienta de segmentación: ayuda a ordenar el mapa de etiquetas para importadores, sommeliers y consumidores avanzados, en un portafolio argentino cada vez más diverso.
- Oportunidad para los chicos: la agenda federal y las catas uno a uno que destaca WofA ofrecen a pequeños proyectos una vidriera que difícilmente podrían construir solos.
Pero el valor tiene condiciones:
- No puede ser el único eje de estrategia en un mundo donde el vino compite con cervezas artesanales, spirits, RTD y bebidas sin alcohol.
- No debería convertirse en un molde único de estilo, que desincentive la exploración de variedades, perfiles de alcohol, envases o propuestas más accesibles.
- Y debe convivir con una autocrítica incómoda: mientras la industria celebra récords de vinos de 95+ puntos, el consumo per cápita cae, las exportaciones retroceden y la brecha entre el vino que se puntúa y el que realmente se bebe se sigue agrandando.
En definitiva, la visita 16 de Tim Atkin llega en el momento justo para recordar dos cosas: que el Vino Argentino tiene con qué seducir a los compradores del mundo, y que ningún reporte –por exhaustivo que sea– va a resolver, por sí solo, el problema de una copa que se llena menos seguido tanto en Mendoza como en Londres o Nueva York. Para eso, además de puntos, harán falta nuevos formatos, nuevos relatos y, sobre todo, nuevas ocasiones de consumo donde el vino vuelva a ser parte de la vida cotidiana y no solo de las listas de “top 100”.