En Francia, la pelea contra el cambio climático y las restricciones a los fitosanitarios ya se libra cepa por cepa. El país que hizo globales a Merlot, Cabernet Sauvignon o Chardonnay está replantando nombres casi impronunciables para el gran público: Floréal, Artaban, Solaris, Souvignier gris, Muscaris (en la imagen principal), entre otros.
El objetivo es múltiple: reducir oídio (Uncinula necator) y mildiú (Plasmopara viticola), bajar la carga de tratamientos, ganar resiliencia frente a sequía y calor, y ofrecer vinos más ligeros y frescos, en línea con el nuevo gusto del consumidor.
Una parte del movimiento se concentra en los llamados cépages ResDur, desarrollados por INRAE y el IFV. Programas como ResDur 1 y 2 dieron origen a variedades con genes de resistencia al mildiú y al oídio, como Artaban, Vidoc, Floréal, Voltis, Coliris, Lilaro, Sirano, Selenor y Opalor. Según INRAE, estas variedades permiten reducir entre 80% y 90% el uso de funguicidas, manteniendo apenas 2 o 3 tratamientos por campaña, frente a los 15 o más de una vid sensible.
En el Languedoc, la cooperativa Les Vignobles Foncalieu lanzó en 2019 la cuvée NU.VO.TE basada en Artaban y Vidoc, como demostración de que los híbridos pueden transformarse en vinos comerciales serios. En Corbières, Les Ateliers d’Exea embotellan un Souvignier gris rosado y un Muscaris blanco, mientras que los “néo‑vignerons” Pierre & Antonin celebran los resistentes con su gama “Petit Sauvage”, a base de Souvignier gris y Cabernet Cortis: allí reivindican que necesitan “3 tratamientos contra 15 para los cépages tradicionales”.
El fenómeno incluye también el rescate de variedades olvidadas. En Saint‑Mont, el Tardif, identificado en 2000, fue inscripto en el catálogo oficial recién en 2017, entró en la AOC en 2021 como variedad de adaptación y en 2024 como cepa accesoria. El Bouysselet, redescubierto en 2008 en Fronton, hoy vehiculiza la apuesta por un Fronton blanco con identidad propia. En Burdeos, proyectos como Château de Cazebonne replantan Mancin, Castets, Saint‑Macaire o Bouchalès, mientras en Champagne la maison Drappier resucita el Fromenteau en una cuvée monovarietal.
Estas cepas también se agrupan bajo el paraguas “piwi” (del alemán Pilzwiderstandsfähig), es decir, “resistentes a hongos”, que permiten reducir tratamientos sin renunciar a perfiles aromáticos diferenciados. El 14 de febrero de 2026, Francia autorizó 14 nuevas variedades, de las cuales 11 son resistentes (6 ResDur y 5 Bouquet), confirmando que el futuro de la viticultura gala se jugará también con estos nombres raros.
La pregunta natural para un conocedor de Argentina o Chile es si algo similar ocurre en el Cono Sur. La respuesta corta: no en clave de híbridos piwi al estilo europeo, pero sí en rescate de variedades históricas y en adaptación al clima.
En Argentina, los últimos años vieron la revalorización de las uvas criollas, en particular Criolla Chica, pero también Criolla Grande, Moscatel de Alejandría y las distintas familias de Torrontés. En 2024, el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) reconoció oficialmente a Criolla Chica como “uva de vino de calidad”, un cambio regulatorio que permite etiquetarla en igualdad de condiciones con Malbec u otras variedades nobles. Para productores que llevan más de una década apostando por estas uvas en viñedos viejos de Este de Mendoza, Valle Calchaquí, La Rioja o San Juan, ese reconocimiento fue leído como un pequeño ResDur criollo: aval institucional a lo que ya estaba pasando en el campo.
Como explica el especialista Phil Crozier, comerciante del vino y ex representante de Wines of Argentina en Reino Unido, “las variedades criollas se están volviendo bastante populares en el mercado independiente del Reino Unido. Ofrecen una excelente puerta de entrada a Argentina y aportan diversidad e historia”. Además, muchos de esos viñedos se cultivan en secano, con baja intervención y manejo orgánico, lo que los vuelve más sostenibles y adaptados a la sequía en un país que ya acumula varios años de “mega‑sequía” en algunas regiones.
En Chile, especialistas como Max Morales trabajan fuertemente en la revalorización de País, Cinsault y Moscatel de Alejandría en el Itata y el Maule cumple una función similar: recuperar material genético resiliente, de raíces profundas y buena respuesta al estrés hídrico, que encaja con la búsqueda global de vinos más ligeros y con menos maquillaje enológico. Aunque todavía no se habla de híbridos resistentes en la escala de Francia, las universidades y centros de I+D de ambos países ya investigan requerimientos térmicos, adaptación varietal y manejo de canopia para enfrentar el calentamiento, más en la línea de optimizar lo existente que de introducir masivamente cruces vinifera–americanas.
Visto desde estas latitudes, de acuerdo a informes el laboratorio francés deja varias lecciones útiles para productores y comercializadores locales:
La pregunta que viene para bodegas de Argentina, Chile, Uruguay o México no es solo si vale la pena vigilar de cerca los Floréal, Artaban o Souvignier gris franceses, sino qué “piwi” propios están dispuestos a rescatar o crear: desde criollas centenarias hasta nuevos cruzamientos locales que puedan, como dicen los vignerons de Languedoc, pasar de “15 tratamientos a 3” sin perder el carácter del terruño.
Fuente: Le Figaro, La Rue de Vin, SeVi
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