La Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar) presentó un avance que, leído en clave de negocios, va mucho más allá de un anuncio institucional: 26 bodegas de 14 provincias completaron el proceso de validación y obtuvieron el Sello Vitivinicultura Argentina Sostenible, certificando la Guía de Sustentabilidad que integra criterios ambientales, sociales y económicos. En total, el programa ya alcanza a 53 viñedos o unidades productivas, lo que muestra que el trabajo no se limita a la etiqueta final, sino que baja al nivel de finca y manejo agronómico.
El programa fue impulsado por Coviar a través de su unidad de Pymes Exportadoras, con respaldo financiero y técnico del Consejo Federal de Inversiones (CFI) y de los gobiernos provinciales, en dos convocatorias sucesivas que permitieron a las bodegas ajustar procesos, invertir en mejoras tecnológicas y ambientales y superar auditorías externas. El resultado es una foto federal: hay bodegas certificadas en Mendoza, La Rioja, Salta, Río Negro, Entre Ríos, La Pampa, Buenos Aires y otras provincias productoras, confirmando que la sostenibilidad ya no es un tema exclusivo de un solo terruño.
Una clave del avance es que la Guía de Sustentabilidad no es un estándar “casero”: cuenta con el reconocimiento de certificadoras como IRAM, Bureau Veritas, Organización Internacional Agropecuaria (OIA), Letis, Food Safety, Lenor Group y Ecocert, todas activas en mercados internacionales de alimentos y bebidas. Esto garantiza que los parámetros utilizados están alineados con normas globales de producción responsable, trazabilidad y gestión de riesgos.
En paralelo, Coviar trabajó con la Cancillería argentina para que el sello y su protocolo sean reconocidos por monopolios estatales e importadores clave en distintos países, lo que habilita a que bodegas y distribuidores lo exhiban en etiquetas, back labels y materiales comerciales como atributo diferenciador frente a compradores que priorizan baja huella ambiental y responsabilidad social. En un escenario donde la sostenibilidad pasa de tendencia a requisito, este tipo de sello empieza a operar como llave de acceso —o de permanencia— en mercados de Europa, Norteamérica y Asia.
El listado de bodegas certificadas muestra la amplitud del movimiento: Mendagro, Terrazas Andinas, Bourras, Amansado Wines, Clement, Gamboa, Los Aromitos, Cooperativa La Riojana, Río Arena, Nanni, Sierras Azules, Los Dragones, Merced del Estero, Nant Fall, Malma, Trina, Cechin, RJ Viñedos, Cuarto Dominio, La Matilde, La Lejanía, Michango, Tacuil, Amanecer Andino, Bodega Santa Julia, Familia Zuccardi y Fecovita forman parte de esta primera ola.
Más allá que faltan los nombres más importantes de la vitivinicultura argentina, desde la COVIAR resaltan que ya hay una cooperativa histórica, un grupo de bodegas familiar y algunos proyectos boutique o medianos: desde gigantes como Fecovita, referentes de volumen y exportación, hasta bodegas de fuerte posicionamiento en vinos de alta gama como Familia Zuccardi, Santa Julia, Terrazas Andinas o Cuarto Dominio. El mensaje para el mercado es claro: la sostenibilidad empieza a recorrer toda la escala productiva, y no solo a los jugadores que ya estaban cerca de la conversación premium.
La certificación se apoya en una mirada integral, que va más allá de los temas ecológicos habituales. La Guía de Sustentabilidad trabaja sobre tres dimensiones:
El Plan Estratégico Vitivinícola (PEVI) 2030 coloca justamente a la sostenibilidad ambiental, social y económica como uno de sus ejes centrales de desarrollo. En ese marco, el presidente de Coviar, Mario González, sintetizó el cambio de época: “La sustentabilidad dejó de ser aspiracional para convertirse en una condición de base para competir globalmente”.
Para muchas pequeñas y medianas bodegas, el acceso a certificaciones suele estar limitado por el costo de consultorías, auditorías y adecuaciones de procesos. En este caso, el rol del CFI y de los gobiernos provinciales fue determinante: el programa cubrió asistencia técnica, verificaciones y parte de las inversiones necesarias, lo que democratizó el acceso al sello y permitió incluir a proyectos que, sin apoyo, hubieran quedado afuera.
Mirando a 2030, el desafío es ampliar de forma significativa la base de empresas certificadas, llevar la sostenibilidad a toda la cadena (desde el viñedo hasta la logística y el punto de venta) y consolidar la imagen del vino argentino como un origen asociado a producción responsable y de calidad. Si ese objetivo se cumple, la sostenibilidad dejará de ser solo un requisito para “no quedar afuera” y pasará a operar como un factor de diferenciación estructural en un mercado global cada vez más saturado y selectivo.
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