Mientras en Mendoza se vive una Fiesta de la Vendimia entre reclamos y quejas por una crisis que atraviesa toda la industria en todo el mundo, allá lejos en una fría París, todavía resuenan los comentarios, críticas e ideas de una renovada versión de la feria mundial Wine Paris.
Claro, cincuenta años después del histórico “Judgement of Paris” de 1976, la feria Wine Paris 2026 se consolidó como epicentro de influencia para vinos y espirituosas, con más de 63.500 visitantes profesionales de 169 países y 6.537 expositores de 63 orígenes, cifras que crecieron alrededor de 20% frente al año anterior. En un contexto de desaceleración económica y tensiones comerciales, el evento mostró que el negocio sigue muy vivo, pero obligado a reescribirse.
Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo mundial cayó en 2024 a 214 millones de hectolitros, su nivel más bajo desde 1961. El dato clave para cualquier estrategia exportadora: Estados Unidos sigue siendo el primer mercado del mundo con 33,3 millones de hectolitros, pero perdió unos 2,2 millones desde 2019, presionado por la inflación, el recambio generacional y la competencia de otras bebidas. Para bodegas de Argentina, Chile o Uruguay, no se trata solo de “vender más” en EE.UU., sino de vender distinto.
En el plano de estilos, el giro es evidente. A comienzos de siglo, los tintos concentraban cerca del 51% del consumo global; hoy bajaron al 46%, mientras los blancos trepan al 44% y los rosados se acercan al 10%. Los espumosos, con unos 19 millones de hectolitros, son el segmento más resiliente de las últimas dos décadas. Para las marcas, el mensaje es directo: menos dependencia del tinto como “motor único” y más portafolios balanceados que dialoguen con nuevas ocasiones de consumo.
El think tank Areni Global llevó el análisis al terreno del vino fino, con una investigación entre 308 personas menores de 40 años en Londres, París, Nueva York, Hong Kong, Singapur y Shanghái. “El pipeline tradicional que creaba compradores de vino fino está colapsando”, sentenció Pauline Vicard, cofundadora y directora ejecutiva. Ese modelo preveía ascenso profesional, más ingreso disponible y una escalera natural hacia etiquetas de mayor precio y coleccionismo. Hoy, esa linealidad ya no existe.
El estudio muestra que la entrada al vino fino es cada vez más social: “El vino fino solo se vuelve parte de la vida de alguien cuando la curiosidad se habilita socialmente a través de amistades y redes”, explicó Vicard. La educación también cambia de rol: los jóvenes se forman para tomar decisiones por sí mismos, no para ser “mejores clientes” que compran sin cuestionar. En la práctica, eso implica que mecanismos de asignación, reglas claras y transparencia en precios pesan tanto como el prestigio de la etiqueta.
El informe deja un dato sensible para el negocio de largo plazo: entre compradores de vino fino de 25 años o menos, las mujeres representan alrededor del 44%, pero caen a 17% entre los 41 y 55 años. No es un problema de falta de interés inicial, sino de retención. Para las bodegas que compiten en el segmento premium —incluidas las latinoamericanas que buscan ganar espacio en listas y clubes internacionales—, la pregunta de negocio es clara: ¿están sus precios, formatos de eventos y políticas de acceso alineados para no expulsar a esa base de clientas a medida que avanza su vida profesional y familiar?
En un escenario de consumo más volátil y clima menos previsible, Wine Paris también funcionó como vidriera de herramientas concretas. Los premios V d’Or – Vinexposium Business Awards reconocieron a la California Sustainable Winegrowing Alliance (CSWA) por su Climate Action Toolkit, una guía práctica para que viñateros identifiquen riesgos climáticos, prioricen prácticas “climate-smart” y midan avances. “Este premio refleja décadas de colaboración en la comunidad vitivinícola de California, basada en la planificación y la ciencia”, destacó Allison Jordan, directora ejecutiva de la CSWA.
La lógica detrás del toolkit es muy exportable: ofrecer hojas de ruta claras, métricas y un lenguaje común para que bodegas de distintos tamaños —desde Napa hasta Mendoza— puedan profesionalizar su adaptación al cambio climático.
En el viñedo, un caso llamó la atención de los compradores internacionales: Pierre et Antonin, proyecto de Limoux (sur de Francia) basado en variedades híbridas resistentes, certificación orgánica y packaging liviano. Según su cofundador Antonin Bonnet, los viñedos resistentes permiten reducir de 15 o 20 aplicaciones de cobre y azufre a solo una o dos por temporada, con impacto directo en costos laborales y ambientales. La bodega produce alrededor de 30.000 cajas de 9 litros, crece a doble dígito y vende tanto en Francia como en mercados clave como Estados Unidos, donde está presente en cadenas como Whole Foods y Trader Joe’s.
Para productores del Cono Sur que ya trabajan con orgánico y certificaciones, estos ejemplos marcan por dónde pasan hoy los argumentos de valor ante importadores y retailers globales: trazabilidad, impacto medible y eficiencia económica de la sostenibilidad.
Si los datos de consumo mostraron el desafío, el área Be No expuso la respuesta del mercado: por primera vez, Wine Paris dedicó un piso completo a productos sin alcohol, con stands agotados y lista de espera para expositores, y planes de expansión para la próxima edición. La zona reunió vinos desalcoholizados, bebidas funcionales y cócteles listos para tomar, con presencia tanto de grandes grupos como de startups.
“Los consumidores eligen qué beber según cómo quieren sentirse —relajados, enfocados, celebratorios— más que por el grado alcohólico”, explicó Laura Willoughby, cofundadora de Club Soda, plataforma de consumo consciente y retail. Ese cambio cultural posiciona a las bebidas no/low alcohol como competidor directo y, al mismo tiempo, laboratorio de innovación para el vino tradicional.
Un caso emblemático fue el de Kolonne Null, productor berlinés que se asoció con Schloss Johannisberg para lanzar un Riesling desalcoholizado “XO”, elaborado con vinos de reserva de 1951 a 2014 y un precio en torno a los 100 dólares. La señal es contundente: el “no alcohol” ya no está confinado a las gamas de entrada, sino que empieza a disputar valor percibido en los tramos altos.
Para bodegas latinoamericanas, la pregunta estratégica no es si el consumidor joven dejará de beber vino, sino qué lugar ocupará el vino dentro de un repertorio más amplio de bebidas, y si tiene sentido explorar líneas desalcoholizadas, mezclas funcionales o alianzas con coctelería para ganar relevancia en nuevas ocasiones.
El cierre conceptual lo dio la especialista Elaine Chukan Brown, al recuperar la lección del “Judgement of Paris” de 1976: “Fue importante porque le dijo a la gente en California que debía tener la confianza de seguir adelante”. Hoy, con consumo en retroceso, clima inestable y márgenes ajustados, el mensaje se actualiza para productores de todo el mundo: la diferencia no estará solo en el origen, sino en la capacidad de adaptarse antes que el resto.
Para la comunidad de lectores de Negocios Líquidos en Argentina y la región, Wine Paris 2026 funcionó como espejo y como mapa: los mercados se vuelven más fragmentados, pero también más permeables a propuestas claras, datos sólidos y narrativas coherentes. En un negocio donde ya nada es automático —ni el crecimiento del tinto, ni la fidelidad al vino fino, ni el liderazgo del alcohol—, quienes se animen a recalibrar su portafolio, su comunicación y su modelo de acceso serán los que definan qué significa “ganar” en la próxima década del vino.
No fueron pocas las bodegas de la región presentes en la gran muestra, si fueron pocas las que volvieron con el ánimo de compartir esa experiencia, claro, la excusa vale, la vendimia se largó hace semanas, esperemos que tanto esfuerzo tenga sus frutos para productores y consumidores.
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