El acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, aprobado por una mayoría de Estados del bloque europeo, promete reordenar el mapa agroalimentario entre ambos lados del Atlántico. El tratado –que podría firmarse en los próximos días con Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay– busca facilitar las exportaciones europeas de autos, maquinaria y también vinos, a cambio de una mayor apertura para carnes, azúcar y otros productos agrícolas sudamericanos.
En contraste con la ganadería, la viticultura europea –y en particular la francesa– mira el acuerdo como una pieza clave para diversificar mercados en un contexto de presión a la baja en el consumo interno y de mayores tensiones arancelarias en Estados Unidos. En Francia, la Fédération des Exportateurs de Vins et Spiritueux (FEVS) manifestó su “vivo interés” por un tratado que prevé reducir a 0% derechos de importación que hoy oscilan entre 17% y 35% según el país del Mercosur.
Uno de los puntos sensibles para el vino es la protección de las indicaciones geográficas: el acuerdo contempla blindar denominaciones como Champagne, prohibiendo el uso de términos como “champagnes” en eventuales espumosos latinoamericanos que busquen aprovechar el prestigio de esas marcas de origen. Para la filière française, la apuesta principal dentro del Mercosur es Brasil, un país que produce relativamente poco vino pero registra un fuerte crecimiento de consumo y se consolida como mercado importador, aunque todavía muy lejos del peso de Estados Unidos, primer destino de sus vinos con 3.800 millones de euros en ventas en 2024 frente a apenas 70 millones en todo el Mercosur.
Brasil es hoy un actor híbrido: produce vino, pero sobre todo se afirma como importador, con un consumo que lo ubica entre los primeros mercados de América Latina en volumen, aunque con apenas 2 a 3 litros por habitante al año, muy por debajo de países tradicionalmente vitivinícolas como Argentina o Francia. En valor, el negocio brasileño del vino muestra una dinámica notable, con proyecciones de facturación superiores a 11.000 millones de euros en 2024 y crecimientos anuales cercanos al 9% hacia 2030, según distintos informes sectoriales.
Ese descalce entre baja cultura histórica de consumo per cápita y fuerte crecimiento económico y demográfico convierte a Brasil en el gran laboratorio del vino del futuro: una clase media en expansión, apertura creciente a etiquetas importadas y alto potencial para vinos europeos, pero también para los vinos de Argentina y Chile que ya lideran la oferta en góndola. En ese sentido, la reducción de aranceles para vinos europeos tensionará aún más la competencia en un mercado donde el origen sudamericano tiene hoy una ventaja logística y de precio.
Además del vino, Bruselas identifica oportunidades claras en productos hasta ahora penalizados por impuestos altos en América Latina: chocolates, malta, leche en polvo, quesos y aceite de oliva. El gobierno de España, uno de los principales impulsores del tratado, subraya el potencial para su sector oleícola y vitivinícola, apoyado en “el auge de una clase media” en países del Mercosur y la creciente demanda de productos europeos de mayor valor agregado.
Sin embargo, incluso en estos países promotores, las organizaciones agrarias se muestran divididas. En España y Alemania, donde los gobiernos apoyan el acuerdo como herramienta para reactivar sus economías, los agricultores salieron a la calle para advertir sobre el riesgo de sacrificar a las producciones más vulnerables –especialmente la carne– en nombre del comercio exterior de autos, servicios y, ahora, también de vinos. Para la filière del vino, el acuerdo es una oportunidad concreta; para buena parte del resto del campo europeo, todavía es una jugada a doble filo
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